lunes, 15 de marzo de 2010

EMPATÍA


Cuando llegué al colegio, en 5º de primaria, el profesor me sentó junto a Pablito, el único lugar libre de toda la clase y desde ese momento se me pegó como una lapa. Pablito era enclenque y todo el colegio se metía con él. Los mayores le pegaban y le zarandeaban cada vez que se ponía a tiro y los pequeños le insultaban: “Cuatrojos”, “gallina”, “mariquita”… Su casa estaba un poco más lejos que la mía, pero en la misma dirección. Pablito me acompañaba cada día y con un “hasta mañana” se despedía sin haber hablado apenas por el camino.
Un día me invitó a su casa. “Te enseñaré mi colección de insectos”, dijo. Sus padres estaban trabajando y me llevó directamente a su habitación. Tenía todas las paredes decoradas con hojas de papel blanco llenas de manchas con un nombre escrito debajo en una caligrafía muy pulcra.
- Es la última parte del experimento- dijo señalándolas.
Abrió la puerta de su armario y sacó un tarro de cristal enorme, de conservas de melocotón, tenía uno pintado en la tapa metálica. Insectos de todos los tamaños y colores subían por las paredes pero muchos se amontonaban en el fondo llenando el frasco casi hasta la mitad.
Yo imaginé que dos gigantes cogían el frasco y yo estaba encerrado en él, trepando por encima de mis compañeros, tratando de no caer al fondo, de no ser aplastado. Una gran zarpa abría la tapa y me enganchaba sacándome a la claridad, al aire libre. Me colocaba sobre un inmaculado papel y luego descargaba sobre mí un enorme martillo. Los restos pulverizados de mi cuerpo caían en la sepultura de la papelera y bajo la mancha que mi cuerpo había dejado sobre el papel, las manos delicadas de Pablito escribían con cuidadosa caligrafía el nombre de mi especie en latín.
Esa noche no cené, no dormí. Tardé tres días en volver al colegio aquejado de una gripe, según el médico. Sólo yo sabía que durante esos tres días mi única obsesión había sido imaginar la mancha que mi cuerpo aplastado dejaría sobre una hoja de papel blanco en la que unos grandes y delicados dedos habrían escrito: “Homo Sapiens”.
Isabel Aire Aire

miércoles, 3 de marzo de 2010

TOMAR MEDIDAS



La arena caliente le hacía bien en los huesos. Después del largo baño, tumbado boca arriba, con los brazos bajo la nuca, tomaba medidas al acantilado. Vio el hueco para la mano derecha y aquel pequeño saliente que le serviría para hacer el paso del pie izquierdo. Se fió de él; pequeño pero contundente. Era una vía fácil: un quinto; tal vez un sexto. Además, sus nuevos pies de gato se agarraban a todo.

Por ese día la dosis de playa era suficiente, pensó. Levantó ambas piernas para impulsarse y sintió el puñal atravesando su rodilla de parte a parte. Apretó los dientes; los ojos ya estaban cerrados, fuerte, muy fuerte. Tres respiraciones, cuatro…diez. Deslizaba suavemente la mano por la cicatriz palpando el tornillo de acero en su interior. Sin abrir los ojos giró sobre si mismo dejando el acantilado a su espalda.


Rosa

viernes, 26 de febrero de 2010

EL FRÍO DE LA MUERTE


Oía cómo un coche hacía saltar la grava de la carretera al acercarse a la casa, era un coche fúnebre y venía a buscarla. Ya no tenía fuerzas ni para abrir los ojos, sentía su cuerpo muy pesado y tenía un frío insoportable.
¡Ay! Ese frío, suspiró para sus adentros. Qué fría es la muerte. Siempre lo había oído, pero ahora lo estaba sintiendo mientras su vida se apagaba. El frío la hizo recordar la muerte de su abuelo, era un día lluvioso de otoño en el que don Ambrosio, el cura del pueblo y don Damián, el médico, no dejaban de estrechar manos y de decir: que en paz descanse. La casa de los abuelos era un ir y venir de gente hasta que a media tarde don Ambrosio se agarró la sotana con una mano y con la otra cogió el Misal y comenzó a rezar mientras descendía por el camino de barro hacia el cementerio seguido del ataúd que era llevado por el tío Manuel y tres vecinos más a los que seguía el resto del pueblo. A los niños no les dejaron ir, pero Adela se escapó y desde lo alto de la pared del cementerio vio como el ataúd era metido en un agujero y cubierto con tierra húmeda en forma de montón. ¡Qué frío va a pasar el abuelo! , dentro de esa caja y cubierto de tierra, pensó. Esa noche durmió muy intranquila y soñó que el abuelo volvía a casa gritando y pidiendo una manta a la abuela.
Ninguno de los presentes lo apreció pero los labios de Adela formaron una sonrisa mientras el frío de la muerte la hizo expirar.
Eva

miércoles, 17 de febrero de 2010

El encuentro.


Estaba sentado en un banco de piedra, en la avenida flanqueada de chopos, esperándola,
pensando en ella. Era otoño, las hojas amarillentas cubrían el césped mojado. Hacía mucho tiempo que no la veía, por lo menos dos años, y la echaba de menos. No había sido él quien la había abandonado, pero los dos sabían que ella se había visto obligada a hacerlo. Cualquiera con un mínimo de dignidad hubiera acabado haciéndolo.
Él lo había intentado, pero no había podido enamorarse. Mientras estuvieron juntos, siempre pensó que aquello no significaría gran cosa. Desde luego, físicamente no era su tipo en absoluto; realmente aquella mujer no podía ser el tipo de casi nadie. Sin embargo, le atraía. Tenían opiniones opuestas acerca de casi todo, y veían la vida de forma muy diferente. Pero quien sabe por qué, se encontraba a gusto a su lado, se reían juntos, y tenían cosas de que hablar. Y sobre todo, sentía que junto a ella podía ser él mismo. Y eso era, y es, algo que le ocurre con muy pocas mujeres. Y casi con ningún hombre.
Había dudado mucho antes de llamarla. La echaba de menos. Había buscado compañía en otras, tan inteligentes como ella, mucho más atractivas, menos anticuadas. Había intentado vivir en solitario una existencia provechosa. Pero seguía echándola de menos. O seguía sintiéndose solo sin ella. Por eso aquel día la llamó, después de haberse comido la tortilla de patatas que ella le había enseñado a preparar, y de haber terminado con la botella de vino que guardaba para las ocasiones.
Su voz sonó incrédula al otro lado del teléfono, indecisa, casi asustada. Al principio se resistió, no tenía sentido que se vieran a esas alturas, aunque bueno, si realmente necesitaba hablar con ella haría un esfuerzo y podrían encontrarse esa misma tarde. En el banco de siempre, en la avenida de siempre del parque de siempre. Al anochecer.
Se recuerda a sí mismo tiritando, preocupado por ella, temeroso. Era extraño que tardase
tanto, siempre había sido una mujer muy puntual. Pero no había nada por lo que preocuparse. Simplemente llegó tarde, más de veinte minutos tarde, y no consideró necesario dar ninguna explicación al respecto. Tampoco él preguntó. Y allí, sentada a su lado en el banco, bajo la luz de la farola, oculta casi su cara, su boca y parte de su nariz por la bufanda y el cuello del abrigo, escuchó lo que tenía que decirle. Seguía estando sola, sí, pero no volvería con él ni por todo el oro del mundo. Ya no le quería, y en sus ojos pudo comprobar que decía la verdad. Empezó a lloviznar y él propuso ir a tomar un café al lugar de siempre, pero ella no quiso. Tenía mucha prisa, dijo, y se marchó como había venido. Su única amiga, la que siempre estaba disponible, la que tantas veces le dijo que le quería de verdad. Sentada frente a él en la mesa de la cocina, mirándole a los ojos, tranquilamente, con toda la seguridad del mundo. En la que él tanto confiaba, con quien llevaba soñando casi dos años. Ya no le quería.
Recuerda aquella tarde y nunca podrá olvidarla. Se quedó sentado bajo la lluvia durante bastante tiempo. Por entonces ya debía de andar por los cincuenta y tantos, pero hasta ese momento ni se le había pasado por la cabeza que pudiera haber empezado a perder parte de su atractivo. Estaba muy mal acostumbrado. Quizá sea pura casualidad, pero lo cierto es que no ha vuelto a quedar con ninguna otra mujer. Aquel triste encuentro fue, de momento, su última cita. Aquella tarde supo que sus tiempos de gloria habían terminado. Vio con claridad que lo mejor de su vida había pasado, que estaba solo, que sus días se irían sucediendo uno igual a otro, que viviría intentando sin demasiado éxito ocuparlos en algo provechoso. Cosas como leer, ver películas, o escribir de vez en cuando tonterías como ésta.

Isabel Ordóñez.

lunes, 8 de febrero de 2010

EL VUELO DEL CÓNDOR


Quispe Rengifo caminaba mirando al suelo y con esfuerzo por aquella senda estrecha y empinada que sólo llevaba a su poblacho. Se detuvo para tomar resuello y se asomó al barranco que le acompañaba por la derecha durante todo su camino. ¡Pucha!, exclamó, al ver lo pequeño que se veía el río allá abajo, al tiempo que se volvió bruscamente contra la pared de la senda. Sin perder contacto con la pared rebuscó por el suelo una piedra pequeña, de las que de chiquito le habían enseñado a distinguir. Se la llevó a la boca junto con un puñado de hojas de coca que se sacó del bolsillo de su chompa. Llevaba dos días sin probar bocado y esto, ya lo sabía, engañaría a sus hambrientas tripas.
Después de llevar un rato de camino, sus tripas se acallaron y le llegaron otros lamentos y éstos no se calmarían con la coca. Sus dedos se revolvían en los bolsillos sin encontrar nada. Todito se lo había gastado en lo de siempre. Mientras mascaba lentamente, apretando fuerte contra la piedrita, el sabor amargo de la coca le bajaba por la garganta. Miró al sofocante sol del mediodía y vio los ojos de Ollanta, su mujer, y de Inti, su linda cholita, con aquella expresión de súplica, de infortunio y de resignación. Se pegó a la pared buscando guarecerse del sol. Eran lo único bueno que había tenido.
Masticó con fuerza, al punto de romperse la piedrita. Miró al cielo, se enjugó los ojos y se fijó largo rato en aquél cóndor que volaba negro, majestuoso, dejándose llevar por las corrientes de aire. El dolor de las rodillas, de tanto estar en la misma postura, le sacó de su ensimismamiento. Se irguió y abarcó cuanto pudo con su cuerpo, se llenó los pulmones de aire y se acercó a mirar por el barranco. Se sentía mejor, en calma, como el solitario paisaje que le rodeaba. Escupió lo que le quedaba en la boca, miró de nuevo hacia el cóndor, extendió sus brazos con energía y vio cómo el río se acercaba rápidamente hacia él mientras sentía las corrientes del aire.

Juanma

lunes, 1 de febrero de 2010

La vida


(microrrelato nube-maleta)

Esperaba en el andén. Miré al cielo y me quedé absorta observando una nube. Seguí su lento recorrido y su cambio de color: del blanco algodonoso, casi infantil, al gris, cada vez más gris, casi difunto. De pronto, la nube se esfumó.
Subí al tren y, ya en el compartimento, me di cuenta de que había olvidado subir la maleta. El tren arrancó, yo me asomé por la ventanilla: el cielo estaba despejado y el andén había desaparecido. Entonces me acurruqué en el asiento; estaba empapada y tiritaba de frío. Me consoló pensar que podría prescindir del equipaje al llegar a mi destino.
..............................................................................................................................................

Mamen

lunes, 25 de enero de 2010

Microcuento: la foto

LA FOTO: VARIOS HOMBRE ANTIGUOS EN UN ANDEN, MIRANDO HACIA EL FINAL DE UN TREN QUE ESTA LLEGANDO A UNA ESTACION.

Marián

Ese día me dolían más que nunca las tripas. Llevaba varias semanas como si tuviese un ratón royéndolas y en esa noche no me había dejado cerrar los ojos. Por eso estoy tan demacrado en la foto, mírame ahí. Habíamos estado toda la mañana esperando al tren de Barcelona. “En el último vagón –nos dijeron – estén muy atentos”. Y estuvimos. Ocho maletas y tres baúles grandes. ¿Quién podría viajar en 1940 con tanto equipaje?. Todos pensamos que serían baúles lujosos, de esos llenos de filigranas y sin un rasguño. Y al verlos nos dijimos: vaya chasco. Esos no eran baúles, eran cajas como de muertos. Y pesaban como muertos. Pero no, iban llenos de libros. Que yo los ví cuando la caja mas grande se les cayó al intentar subirla al carromato y quedaron todos los libracos aquellos esparcidos por la tierra. El primero en agacharse a recogerlos fue el dueño, un señor muy elegante. Los iba cogiendo como si fuesen bebes. Bebés o niños muy pequeños. Se quedó abrazado al más grande: uno marrón con dibujos dorados. Y mirando al tren que se iba, lloró.
Lloraba sin taparse la cara ni nada. Yo estaba todavía en el andén con unos maletines pequeños que casi no pesaban, pero que había que transportar con mucho cuidado. “Ojito con esto” – me susurró un mozalbete pecoso – “Es el material que hemos utilizado en el frente con todas esas cosas para coser a los heridos y pincharles con indieciones”. Eso dijo. Y que él, el chaval, había estado allí empapando algodones en agua caliente. Y repetía los gestos al contármelo, guiñando los ojos y levantando un hombro a golpes rítmicos, como si bailara.
Cogí los tres maletines lo mejor que pude, algo encogido por los retortijones que no querían parar y los llevé despacito hacia el carricoche. Ahí mismo lo entendí: ese señor era el médico, el que iba a poner la clínica cerca de la plaza real. ¡Si hacía dos semanas que mi mujer no hablaba de otra cosa!. Y yo con esta docena de cuchillos que no se desclavaban del costado ni al dormirme. Un médico a dos palmos de mi vista y yo sin atreverme a decirle nada.
Al llegar al carricoche, el médico se me quedó mirando. Así, atentamente. No estaba yo acostumbrado a que un caballero tan bien vestido me mirase así. Me azoré todo, a pesar de mis canas. Como te lo digo, que me sentí como un zagal pillado en falta y sólo acerté a tartamudear:

- Aquí están las maletas del frente, señor doctor.

El me cogió la muñeca sin dejar de mirarme a los ojos:

- ¿Desde cuando tiene la piel suya ese color amarillento?

Desde Navidad, eso sí lo sabía, que me lo dijo mi primo cuando vino a la cena. Dos años hacía que no nos veíamos. Y eso me dijo, que qué amarillo estaba.

- Venga mañana a verme. No se le olvide. Acompáñenos en el carro y verá donde están nuestras dependencias.

Y allá fuimos, el chico y yo, sentados en el borde trasero del carro. Fuimos comentando lo de los abrazos a los libros y lo del llanto. Que su jefe hacía cosas así de vez en cuando. Casi me hizo dudar si sería el médico o qué.

- Pues no me importa nada que sea un llorón – le dije yo agarrándome las tripas – ese señor me va a curar este dolor tan grande que tengo”.

Y así fue, ya ves, tres meses y ya estoy como un roble. MARIAN
MICROCUENTO: MALETA+MANZANAS…………………………….Marián

miércoles, 20 de enero de 2010

Ley de la gravedad


Ana


Por la ventana abierta entra el Sol y los ruidos del tráfico de media tarde.
Nuria y Richard cocinan su primera tortilla de recién casarse.
Nuria, ojos verdes, pechos y caderas firmes e insinuantes, intenta cortar las patatas mientras Richard se acerca a ella y recorre su cuello con suaves besos.
-¡Ten cuidado con el cuchillo princesa! No quiero que esos lindos deditos se lastimen -dice Richard- mientras invade el espacio corporal de Nuria con sus bíceps, tríceps y el resto de los músculos de su atlético cuerpo.
-¡Quita, que soy un peligro con un cuchillo en la mano! -responde ella melosa-
Anda, ocupa tus manos y pásame la sal.
Entre besos, caricias, arrumacos y promesas de eterna felicidad se sientan a la mesa que han adornado con 2 rosas, una vela olorosa y un vino Gran Reserva.
Richard, haciendo los honores, parte ceremoniosamente una tortilla requemada y de aspecto no muy recomendable. Se miran a los ojos y al sentir en la boca el primer trozo del suculento manjar, lo saborean lentamente y, aunque intentan disimular, son incapaces de tragarlo.
Miran al plato, se miran entre ellos y al unísono y entre risas coinciden:
¡Está dulce!
-Está asquerosa –indica Nuria-
-Está incomible, pero muy dulce -matiza Richard- pero como no va a ser habiendo sido cocinada con unas manos tan dulces como las tuyas.
Los 2 ríen animadamente, mientras el azucarero permanece en la encimera.

- Cariño -pregunta zalamero Richard- ¿A ti nunca te va a doler la cabeza, verdad mi amor?
-Nunca vida mía
- Ya lo sé, cielín. ¿Te apetece que mi Pitufín te haga una visitita antes de hacer las maletas?
-¡Claro, una, dos o mil! -responde Nuri con mirada picaruela-

25 años más tarde, los músculos de Richard han sido sustituidos por una incipiente barriga y el pelo de su antaño espesa melena tiene fecha de caducidad.
Los ojos verdes de Nuri se ven acompañados por patas de gallos y la ley de la gravedad ha empezado a hacer efecto en sus nalgas y en sus pechos.
Richard, con una camiseta de tirantes y unos pantalones de pijama de rayas, intenta resolver un crucigrama.
-Nuria ¿qué vamos a cenar? -interroga levantando los ojos sobre las gafas-
-Tortilla de patatas.
-¿Otra vez? Siempre lo mismo, si al menos te saliesen como las de mi madre…
Nuria le mira, prefiere callarse, tener la fiesta en paz, le duele la cabeza.
-¡Venga, por lo menos levántate y pásame la sal! -le ordena agriamente-
Por cierto, cariño ¿Recuerdas que día es hoy?
-No sé martes creo, -responde Richard sin levantar la vista del crucigrama-
-¿Nada más, mi cielo?
Richard esta vez sí levanta los ojos del crucigrama …
-¿Tu cumpleaños? ¿Tu santo?
- Frío, frío. Te doy una pista. Tiene once letras.
- No sé, no caigo… ¡Ah,ya, nuestro aniversario! ¡Qué cabeza! Me había acordado esta mañana, 23 años ¿no? ¡Cómo pasa el tiempo! -contesta intentando salir airosamente-
- 25 años, las Bodas de Plata, -dice Nuri con una mezcla entre el lamento y mala leche-

Richard parte una tortilla requemada y de aspecto poco recomendable, mientras siente la mirada acerada de Nuri en su calva.
Al sentir en la boca el primer trozo del “suculento” manjar, lo saborean lentamente pero, aunque intentan disimular, son incapaces de tragarlo.
Miran al plato, se miran entre ellos y al unísono y coinciden:
¡Está dulce!
-Está incomible –indica Nuria-
-Está asquerosa– matiza Richard- ¡En 25 años no has sido capaz de aprender a hacer ni una tortilla por mucho que lo haya intentado mi madre!
-¡Y tú en 25 años no has sido capaz de distinguir el azucarero del salero!

La discusión continúa con reproches mutuos…
-Venga tontita, perdóname, si yo te quiero igual -intenta conciliar Richard- Anda, dame un besito…. ¿Qué te parece si mi Pitufín te hace una visitita para celebrar el aniversario y hacemos las paces?
Nuria le mira fijamente incrédula, y mientras se levanta le dice:
- Frase de 4 palabras para tu crucigrama: ¡VETE – A – LA - MIERDA!
Richard, confuso, mira hacia la puerta por donde ella ha salido.
Seguro que está con la menopausia –piensa- y sigue con su crucigrama.

miércoles, 13 de enero de 2010

La amenaza


Mar

-Qué felicidad, con casi setenta años me siento cada vez más deseable. No todas tienen un marido arqueólogo…..
-Pero Ágatha, ¿qué dices? me muero de risa contigo.
-Tonta, ¿no sabes que el amor está sustentado en cosas misteriosas? ¿y no sabes, además, que es el más poderoso afrodisíaco que existe?
-Me haces sonrojar….
-Venga, venga, no me digas que no sabes nada sobre estas cosas, tú que eres una mujer joven y atractiva…
-Algo sé, sí, pero sería absolutamente incapaz de expresarlas como tú haces.
-Ah, la experiencia. He comprobado que el viejo dicho es verdad: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
-¡Huy, pero eso suena como si el saber nos hiciera malvados!
-Bueno, en realidad… ¿qué es ser malvado? ¿No depende quizá del punto de vista? Pero es hora de que te tomes otra taza de té ¿es que no te ha gustado? ¿quizá tiene un sabor extraño?
-Sí… sí que me ha gustado, un poquito más, gracias Agatha. Ser malvados o no, ¿quieres decir que para el que sufre las consecuencias hay maldad, y para el que recibe los beneficios, bondad….?
-¿Ves cómo sí que sabes expresarte? Precisamente, y…. y hablando de amor, ¿sabes que no me gusta nada cómo miras a mi arqueólogo? Ah, ahora sí que te has sonrojado de verdad…
-No sé a qué te refieres, Agatha, yo no….
-Ya, tú no… Pero te ocupas de encontrarte con él por los pasillos, de quedaros a solas cuando todos terminamos de cenar, él me lo ha dicho.
-¿Cómo? Traidor….
-Desprecias el poder del verdadero amor, querida. Te comprendo, para ti la vida es simple, no sabes lo que se esconde detrás de los años. Ven aquí, no llores, seguiremos siendo amigas. Y recuerda, mi marido es más joven que yo, pero sabe enamorarse de lo que no se va con el maquillaje, de lo que no perece… ya sabes, de lo que no muere, ¿sabes a qué me refiero? Pero ahora palideces… Debe de ser el té. Sí, enseguida probablemente dejarás de respirar, poco a poco, te irás ahogando lo quieras o no ¡Y palideces más aún! Haces mal, así le gustarás todavía menos ¿Otra tacita de té?

viernes, 8 de enero de 2010

ANGELITO


CÉSAR

Angelito largó a la puerta tres patadas de frente. La última le dolió, así que se puso de espaldas y siguió pateando la puerta en plan acémila mientras amenazaba.
-¡Voy a liarme a patadas con todo! ¡Vais a ver!
La vieja puerta no cedía a sus coces. Tampoco se oía ninguna voz contestando a sus bravatas.
- ¡Quiero salir!, ¡Quiero mi pelota!.. Pero solo le contestó el silencio.
-¡Que voy a tener cuidao! … Y el silencio comenzó a humedecerle los ojos.
Fuera de sí dirigió su rabia hacia una vieja maleta arrinconada en una esquina del desván. Al segundo patadón la maleta le reveló su interior. Cinco muñecas alineadas en el olvido le miraban con ojos de infancia antigua.
Superada la sorpresa y el miedo inicial cogió por el pelo la que tenía más a mano y la estampó contra la pared.
-¡No quiero muñecas!
Enganchó la segunda por la melena de pelo rubio y comenzó a darle patadas al tiempo que gritaba.
-¡Quiero mi pelota!, ¡Quiero jugar con mi pelota!, ¡Ahora!, ¡Ahora!
Al cuarto intento de saque de puerta, el cuerpo aterrizo a tres metros en un revoltijo de sedas y encajes mientras la cabeza seguía colgando de su mano izquierda por el pelo.
Subió la cabeza decapitada a la altura de los ojos y rehuyendo su mirada tuerta la levantó un poco más para concentrar su atención en el hueco donde la cabeza se había unido al cuerpo.
Su enfado había desaparecido. Metió todo el pelo de la cabeza dentro de ella misma y lo sello con una cinta de embalar que había en una estantería.
A continuación se dirigió a la muñeca asesinada contra la pared. Le arrancó la cabeza e hizo lo mismo que con la anterior, insensible tanto a sus ojos azules como a sus mofletes sonrosados.
Los dos cuerpos decapitados los colocó sobre el suelo con las piernas hacía arriba y haciendo equilibrio sobre sus cuellos sin cabeza. Luego fue hasta la maleta. Sacó un muñeco vestido con camiseta y pantalones cortos y lo colocó de pie entre las dos decapitadas. Miró el conjunto y tras pensárselo un poco aumentó el espacio entre las dos descabezadas moviendo una de ellas. Volvió a la maleta y arrancó el vestido a las dos muñecas que quedaban hasta dejarlas con la camiseta y las bragas. Tras meditar unos segundos las situó delante del muñeco con pantalones cortos, una a dos metros y la otra un poco más adelante. Satisfecho cogió una de las cabezas preparadas y se fue al otro extremo del amplio desván. La echó al suelo y comenzó a correr hacia las muñecas pateando la cabeza mientras gritaba.
- Messi avanza hacia la portería . Regatea a uno… Dos defensas… Dispara a puerta …y Gol, Gol, ...Goooooooool de Messssssssssssi.

sábado, 2 de enero de 2010

El puñal de la Virgen


Carmen G. Valderas

EL PUÑAL DE LA VIRGEN

Teresa acarició el puñal de la Virgen que llevaba colgado al cuello mientras miraba a la gente arremolinarse en la plaza de la Catedral desde el otro lado de las rejas de la ventana. Tenía cincuenta y ocho años y sabía que tal vez se hubiera perdido algo en la vida; pero cuando muriera iría al Cielo y nada era comparable a pasar la eternidad junto a Dios.
–¡Tía! –la niña entró en la habitación envuelta en el roce del tul blanco de su vestido–. ¿Estoy guapa? –preguntó mirando su reflejo en el gran espejo que presidía el salón.
Teresa asintió.
La niña jugó con sus tirabuzones sin apartar los ojos de su imagen.
–Cuando sea mayor seré cantante y después me casaré con este vestido.
En ese momento comenzaron a sonar las campanas.
–¿Nos vamos ya? –preguntó mientras se giraba hacia su tía.
–Espera –respondió Teresa y caminó hacia ella–. Tengo un regalo para ti –se sacó el puñal que le colgaba sobre el pecho–. Mi madrina me lo regaló el día de mi comunión para que siempre tuviera presente el dolor de la Virgen. Ahora es para ti.
La niña acercó la cabeza.
–Él te ayudará a mantenerte pura –susurró mientras le colgaba la cadena al cuello.
Mientras la niña miraba el puñal y lo acariciaba como tantas veces le había visto hacer a ella, Teresa fue consciente de una sensación nueva que nacía en su pecho y se expandía rápidamente. Cuando se giró hacia el espejo, ya sabía que se iba a mirar como no lo había hecho en cincuenta años.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Lobo extraño


Isabel Aire Aire

Un extraño olor salía por la boca, por la nariz, por los ojos, por todos los poros de la piel de aquel hombre. Un extraño olor que se había extendido con la suave brisa de la noche y había llegado lejos, hasta la nariz de un lobo al que el hambre no dejaba dormir.
El lobo siguió el olor amargo hasta encontrar al hombre abandonado, desfallecido, muerto al pie de la enorme encina. Los botones de su camisa habían estallado dejando al aire su abultado y apetitoso vientre.
De un certero bocado le arrancó los intestinos y huyó con ellos en la boca para devorarlos tranquilamente junto a una mata de espliego.
El hambre iba desapareciendo, iba desapareciendo el suelo, la mata de espliego, la luna, el aire, la vida.
Las lombrices, los gusanos, las orugas, las larvas, las hormigas, todos los insectos que se comieron el cuerpo del lobo fueron dejando a su alrededor sus cuerpos muertos.
Los pájaros que comieron los insectos muertos, cayeron desde lo alto regando el bosque con sus cuerpos.
Y el bosque secó.

martes, 22 de diciembre de 2009

Efecto ternura


Rosa
El crepitar de celofán frotándose me hizo volver la cabeza. Era el sonido inconfundible de cumpleaños en la escuela, y que chirrió en la casi vacía sala de espera de hospital que acababa de atravesar golpeando el suelo con las muletas y pensando únicamente en el dolor del talón de mi pie derecho. Las luces de los viejos fluorescentes ya estaban apagadas, y ellos se hablaban en un susurro; tal vez ni se hablaban.
Las dos manos de él en forma de cuenco la ofrecían caramelos. Inclinado, parecía que su rodilla se hincaría de un momento a otro en el gastado suelo de la sala, rindiendo pleitesía a su dama sentada en un trono de ruedas. Ella, pequeña, frágil y testaruda, extendió la mano y cogió uno. El ruido infantil de los envoltorios de colores fueron trompetas que anunciaron al caballero y la mirada de ella la única espada a la que él aspiraba para que le tocase los hombros y le permitiese estar al servicio de su reina a la que un encantamiento había paralizado las piernas.
Durante unos breves segundos la sala se inundó de una luz especial, de tenue verde y violeta. La luz envolvió sus gastados cuerpos dentro de una burbuja que podía adoptar infinitas formas; la membrana de la burbuja parecía muy frágil pero contenía un líquido amniótico, resistente, limpio y enriquecido por el tiempo y los cuidados.
La puerta del ascensor se abrió y tratando de no hacer ruido al apoyar las muletas entré en él y me volví a mirarlos por última vez, con los ojos empañados y una sonrisa.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Nuevos comienzos


Eva
Melba se puso el raído abrigo de su padre, y con una mueca entre satisfacción y tristeza en el rostro, se sentó frente al escritorio en el que permanecía la escritura de su nueva casa y la foto en la que se ve abandonando el edificio en ruinas, que fue su techo durante un mes después del terremoto, portando lo poco que pudo salvar, unas alfombras y el retrato de su padre. Distraída, recogió las cuartillas y salió a la calle. Se abrochó el abrigo cuando el frío de la tarde le azotó el rostro. Pero ni el frío hizo que saliera de sus pensamientos. Con andar pausado pero firme, recorrió la calle principal y pasó por la alameda. Siguió por la calle de la catedral hasta llegar a una plaza con una fuente en la que siempre se sentaba a escuchar el sonido del agua al salpicar en la piedra, pero hoy no lo hizo. Cruzó la plaza de lado a lado, se acercó a un portal en el que un gran rótulo anunciaba rebajas de ropa de bebé en la primera planta, suspiró y pensó…, algún día lo seré. Empujó la puerta y esta cedió. No cogió el ascensor, se dirigió a la tercera planta. Sin darse cuenta había subido las escaleras deprisa, y al llegar al rellano se sintió abatida, debido al esfuerzo y la tensión que le suponía estar allí. Con la mano temblorosa pulsó el timbre y esperó unos segundos hasta que una señora regordeta le franqueó la entrada. Ésta le dijo, el señor Damián le espera señorita, sin contestar la siguió por el pasillo hasta el despacho, depositó los folios sobre el escritorio barnizado del notario, él, la fue señalando con el dedo donde debía firmar. Lo hizo, mientras pensaba que por fin lo que fue su refugio la pertenecía. Se levantó de la silla en silencio y se despidió con un simple adiós, a continuación salió a la calle. Esta vez el frio, sí la ayudó a aclarar sus ideas. Se dio cuenta de que la imagen del edificio en ruinas no la abandonaría jamás.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Soledad


Por Isabel Ordoñez

Soledad salió del portal y el viento la despeinó. El corazón le latía con fuerza; habían dado las seis en el reloj de la plaza, y llevaba todo el día esperando ese momento. Dejó la maleta en la acera, se arregló el peinado como pudo, y llamó al primer taxi que pasó.
En menos de cinco minutos llegaba al lugar de la cita, una cafetería de carretera a las afueras de la ciudad. Se dirigió a la barra, desierta a esa hora de la tarde, y se sentó en el taburete más alejado de la puerta.
A Soledad no le gustaba mirar a su alrededor. Afortunadamente, tenía el televisor encendido frente a ella.
El camarero se acercó y le preguntó que deseaba.
- ¿ Podría ser un gin-tónic, por favor? , pidió Soledad.
- No faltaba más, se lo traigo ahora mismo. Pero Soledad creyó ver un gesto de reprobación en su cara. - Corto de ginebra, a ser posible - , intentó disculparse. El hombre ni siquiera se volvió.
Al fondo, desde una nube de humo, se escuchaba el griterío de los niños correteando entre las mesas, y el murmullo de sus padres apurando los platos combinados. Sobre la puerta del restaurante, el reloj marcaba las seis y cuarto. Desde luego, no podía decirse que Arturo fuera precisamente puntual.
Llegó el camarero con el gin-tónic y un plato de patatas fritas. Después de beber un par de tragos, se sintió mucho mejor. Una gota de gin-tónic mojó inoportunamente su chaqueta. Qué fatalidad, pensó, buscando con la vista una servilleta. Se secó la mancha con cuidado y se colocó esmeradamente el collar sobre la blusa. Alcanzó un par de patatas del plato que tenía frente a ella, pero se arrepintió al instante. La primera imagen es definitiva, se dijo, irguiendo el cuerpo sobre el asiento y colocando las manos cruzadas sobre la falda.
Volvió a mirar hacia el reloj. Las seis y media de la tarde. Quizás Arturo se hubiera arrepentido en el último momento. Si es que en realidad se llamaba Arturo, lo que parecía poco probable. Como improbable era que fuese alto, de complexión delgada, de facciones agradables y clásico en el vestir. Ella tampoco había sido demasiado sincera respecto a su edad, a decir verdad nunca lo era, y se había definido como esbelta y rubia. Cosa no del todo incierta, reflexionó Soledad; unos buenos tacones y una sesión de peluquería pueden hacer milagros. Pero en un hombre es distinto, concluyó, descartando de nuevo dar cuenta definitiva de las patatas abandonadas sobre la barra.
Miró otra vez el reloj; eran ya las siete menos cuarto. Decididamente, Arturo no era una persona formal. No se merecía a alguien como ella. A Soledad le decía su madre que donde mejor duerme uno es en su cama; le hizo bien recordarlo. Todavía era buena hora para regresar a casa y cenar tranquilamente. Y al día siguiente no tendría que madrugar.
Poco a poco, el corazón dejó de latirle con fuerza. Dejó de avergonzarle mirar directamente hacia la puerta. Empezaban a entrar algunos hombres, la mayoría acompañados, muy pocos altos y delgados, ninguno con una maleta en la mano.
Arturo ya no vendría. Tendría que olvidar a Arturo. Todavía pensó que algo pudiera haberle ocurrido; y consideró, quizás, darle una última oportunidad. Necesitaba urgentemente otro gin-tónic, pero recordó la expresión de censura en los ojos del camarero.
- Póngame un café con leche, haga el favor - El camarero se acercó - Y me trae la cuenta de paso.
Esta vez la miró solícito. Incluso se ofreció, gentil, a ayudarla: ¿Quiere que le vaya llamando al taxi?
- Se lo agradecería en el alma, contestó Soledad, preparando cabizbaja el dinero de la cuenta.
A eso de las ocho, Soledad entraba en su casa. Guardó la ropa, el cepillo de dientes y el neceser, subió la maleta al altillo y se puso el pijama y la bata. Después, se preparó un bocadillo y un gin-tónic largo de ginebra, y se sentó frente al televisor con las piernas en alto.

Título Soledad.
Corresponde al supuesto Soledad-maleta.
Isabel Ordóñez

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Aquel día a finales de Junio


Juanma Ruiz Briceño

Estaba cambiando de emisora, parado en el semáforo y lo vi. Había cambiado mucho, tanto como todo el tiempo que había pasado, tal vez más de treinta años. Un concierto de bocinazos me devolvió al presente. Aparqué en el primer lugar que pude. Busqué un lugar tranquilo para celebrar con una Guinnes el recuerdo de D. Senén.
Después de la segunda Guinnes ya era capaz de ver los maizales altos, la sensación del cuerpo sudoroso, como ahora, en aquel día a finales de Junio. Aquel nuevo maestro nos sacó al prado de al lado de la escuela. Con D. Abdón, que estaba enfermo, nunca había ocurrido, ni eso ni nada agradable para mí. Sólo nos pidió que dibujásemos lo que quisiéramos. Recuerdo que no me lo tomé en serio hasta que vi a todos mis compañeros con la cabeza sobre el cuaderno. Era lo que hacía en casi todas las clases y siempre me castigaban por ello. Yo terminé pronto en dibujar a María, que era lo que más ensayado tenía.
Don Senén revisó uno por uno los dibujos, casi siempre con el ceño fruncido y pasándose los dedos por su bigote. Cuando sacó el mío, al tiempo que se levantaba y nos miraba, yo sentí la punzada de siempre en la tripa, ahora ya es un recuerdo. Lo siguiente que recuerdo son sus zapatos delante de mí. Y las risas y burlas de mis compañeros… ¡cabrones!, ¡pueblo de mierda!
- ¡A callar!, bramó D. Senén… ¡come terrones ignorantes!, menos mal que me fui pronto.
- ¿Es tuyo?, me preguntó en un tono amable.
- Sí, si señor, le respondí apenas, rojo como un tomate y temiéndome lo peor.
- ¿Cómo te llamas chaval?
- Oscar Sanz, señor…he hecho lo que usted mandó, acerté a decir.
- ¡Eres todo un artista, Oscar!; tómatelo en serio, eres muy bueno.
Nadie se rió, y por primera vez les miré de frente sintiendo la mano de D. Senén sobre mi hombro.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Dos ejercicios para una foto


Mamen Guerrero

“La tesis y el perro”
Cuentan que un hombre quiso hacer un estudio referido al comportamiento humano. Y así, se le ocurrió indagar sobre su reacción al encontrarse con un igual acostado en medio de la calle -en el asfalto, a pleno día y vestido de forma elegante: abrigo negro y sombrero- con el fin de calibrar hasta que punto respeta un hombre a otro el derecho a la extravagancia. Decidió que él sería ese hombre. Observó que el primer día la mayoría le esquivaba, daban un rodeo para evitarle sin mostrar algún tipo de interés. Sólo los menos alargaban el cuello, como queriendo vislumbrar un signo de vida. Al cabo de unos días, los que repetían itinerario, acortaban la distancia al pasar por donde él estaba, pero al notar que su pecho se estremecía nadie se paró ni le preguntó nada. Al cabo de una semana y decepcionado por los resultados, probó dejar de respirar en un intento de variar la situación. Esa mañana hubo quien se detuvo, e incluso, pudo sentir que se aproximaban mucho más; los menos respetuosos llegaron casi a tocarle, pero aún guardaba algo de calor y mantenía la piel rosada y, finalmente, decidían dejarle tranquilo. Al siguiente día de tomar esa decisión, los que pasaban por su lado empezaban de nuevo a distanciarse... el olor les repelía. Entonces, un perro se dirigió a él y no paró de darle lametazos hasta que su dueño, para separarle de aquel hombre, hizo llegar a la policía. La conclusión de su tesis nunca la llegó a conocer porque ese hombre le perdió el respeto a la extravagancia misma. En cuanto al perro, cuentan que abandonó a su amo.



“La crisis”

La bolsa cayó, y con ella mi futuro. A partir de ahí cuando entraba en casa me encontraba con dos pares de ojos famélicos que esperaban ser consolados con un poco de presente que no era capaz de llevarles. Al verlos, decidí no volver a casa si no era con un trozo de certeza. Un día más anduve recorriendo la ciudad en busca de trabajo sin conseguirlo. Exhausto y desesperado me tumbé en medio del asfalto de un aparcamiento, pensé que con suerte quizá pudiesen cobrar el seguro de vida.

Mamen.


N. del A.: Eximo a Ramón Qu de toda responsabilidad sobre la calidad del producto.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Pásame la sal, por favor


Marián Carretero

- Perdiste tu oportunidad y, ya ves, ahora de nada te valdrá invitarme a comer – algo en la voz aguda de la mujer me obligó a mirar a través de la puerta entreabierta, pero sólo pude ver una melena negra inclinada hacia un mantel amarillo – y para colmo, la sopa está medio fría y totalmente sosa.

En la barra del bar del hotel, yo era el único cliente; tampoco el comedor parecía muy animado… De hecho, era la primera vez en los tres días en el “congreso de psiquiatría experimental” que algo llamaba mi atención.

- Pásame la sal, por favor ¿tanto te cuesta?. Claro, nunca se te ha ocurrido alargar la mano, demasiado esfuerza ¿no? – la última palabra se perdió en un suave gemido– Total, no se de qué me sorprendo, inútil e incapaz del más mínimo detalle…. Pero se acabó, ¿sabes?, es la última vez que acudo a tu llamada.

- Disculpe, señora, ¿podría hablar un poco mas bajo?, los demás clientes se están quejando La voz cohibida del camarero del hotel me sorprendió, pero aún mas la airada respuesta.

- ¿Qué no chille? ¿Eso pretenden uds, que me calle? ¿Ves lo que has conseguido?. Cállate, cállate, y yo sin atreverme a abrir la boca durante años, pero eso se acabó, ya te lo advertí. Deje de mirarme con esa cara de bobo y tráigame el pan. Y procure que el siguiente plato esté mas caliente.

- Pero, pero , señora, yo…. ¿le ocurre algo malo?

-¡A mí que me va a ocurrir!. Este que no me escucha, y usted que no me trae el pan – la voz aguda era ya claramente chillona, y no pude contener mas mi curiosidad. Dejando mi copa en la barra, entré en el comedor.

El camarero huía hacia la cocina y la mujer levantó sus ojos crispados hacia mí. Las sillas que rodeaban su mesa estaban todas vacías. Sin pedirle permiso, me senté en una de ellas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La maleta


Carmen G. Valderas (microrrelato Maleta/perro)

Bajé la maleta del altillo y la miré durante un rato, sin atreverme a abrirla. No quería marcharme de allí. Sabía que tenía¬¬ que hacerlo; pero estaba tan acostumbrada a viajar contigo… A tu compañía…
Finalmente, la abrí sobre la cama. No me sorprendió ver que ya estaba llena con todas mis lágrimas por tu muerte y todos tus recuerdos. Me hice la fuerte y respiré hondo antes de empezar a vaciarla. Fuera los paseos por la playa y la felicidad de tu mirada. Adentro los vestidos y las chaquetas. Fuera tu calor en el sofá. Adentro las blusas. Fuera tus besos húmedos y tu gran sonrisa. Adentro los pantalones y las faldas. Fuera tu amor incondicional. Adentro… el resto del equipaje.
Antes de cerrarla, con la mirada en los recuerdos que flotaban en el aire comprendí que ellos estaban huecos y que tu esencia, Bono, perro querido, no me abandonaría jamás.

Verano


Isabel Ordóñez (Microrrelato Hombre/pesado)

Cuando todo acabó, el hombre se sentó en el suelo del pajar, apoyado en el rincón más oscuro. Se cubrió la cara con las manos extendidas, y esperó pacientemente hasta que fue noche cerrada.
Vio la luna asomando por una esquina del ventanuco. Entonces, sacó la camioneta del garaje y la acercó todo lo que pudo. Fue a buscar un saco vacío al cobertizo, lo extendió nervioso sobre el suelo y comenzó su tarea. Empezó metiendo la cabeza, la parte más estrecha; después consiguió ir deslizando con mucho esfuerzo los bordes del saco por debajo de su cuerpo; primero los hombros y el pecho, luego la delgada cintura, las piernas finas, sus pies diminutos. Por fin, ató el extremo abierto con una soga gruesa, lo arrastró hacia la puerta, lo tomó con las dos manos y con un impulso, logró echárselo a la espalda.
Había dejado los faros encendidos. Atravesó penosamente el corto trecho que lo separaba de la camioneta con aquella carga, la más pesada que había soportado nunca. La depositó con cuidado sobre el asiento de atrás. Cerró la casa y ocupó el suyo sin hacer ruido.
Mientras avanzaba por la carretera polvorienta la fue recordando como había sido, como era todavía, con su vestido de flores y su pelo castaño. Comiendo cerezas y cogiéndole la mano, riendo los dos, camino de la playa.
Las colinas quedaron atrás. Por la ventanilla abierta, olió a salitre y escuchó el romper de las olas. Llegó hasta el borde del acantilado, donde se quisieron tantas noches como aquella. La luz de la luna era suficiente, apagó los faros. Bajó de la camioneta y la cogió en brazos, como si estuviera enferma y necesitara ayuda, cubierta con su saco. Se acercó a la punta de la roca todo lo que pudo. La lanzó muy lejos, intentando que no se golpeara con los salientes al caer.